Ciudad de México 18-10-2017
El terremoto y el aprendizaje después de las catástrofes
Ideas

El terremoto y el aprendizaje después de las catástrofes

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Por Mario Alfredo Hernández

@fumador1717



El economista indio Amartya Sen estableció, en la década de 1990, una distinción entre las tragedias y las catástrofes: las primeras son sucesos que provocan una grave destrucción, pero que no podrían haber sido previstos o evitadas sus consecuencias, como ocurre con los huracanes, las inundaciones o -lo sabemos muy bien en CDMX- los terremotos; mientras que las segundas son, precisamente, las tragedias en contextos de bajo rendimiento institucional, corrupción, impunidad y precariedad democrática. Sen afirma que, por ejemplo, frente al cambio climático, el empobrecimiento del suelo de cultivo y las migraciones forzadas que modifican la densidad poblacional, las hambrunas son tragedias prácticamente inevitables; pero que se conviertan en eventos catastróficos depende de si la sociedad en que ocurren ha invertido en ciencia para desarrollar cultivos mas resistentes, si cuenta con una red de apoyo alimentario que pueda incluir a todas las personas sin discriminación y si ejerce su presupuesto de cara a los intereses sociales y no a los facciosos de las elites en el poder. Mientras que todas las catástrofes tienen un antecedente trágico, no todas las tragedias se convierten en catástrofes.

    Aún con el dolor causado por las muertes, la rabia frente a la debilidad institucional e -incluso- el asombro por la simetría macabra de la fecha, podemos señalar que el terremoto del pasado 19 de septiembre se ha constituido como una catástrofe y ha revelado que el Estado mexicano no está suficientemente consolidado democráticamente para contener las consecuencias de las tragedias naturales y garantizar los derechos de las víctimas. Por supuesto, hay que distinguir al Estado cuya clase política parece gobernar de espaldas a la ciudadanía de las y los funcionarios que, desde protección civil, el ejército, los hospitales y las escuelas, se fusionaron con las personas de a pie para construir redes de solidaridad. En todo caso, es trágico que todos los avances científicos sean incapaces de predecir los terremotos; pero es catastrófico que la poca inversión en educación científica haga que el espacio público esté dominado por discursos alarmistas y sin fundamento que acaban desorientando a la población sobre qué hacer en estos casos. Es trágico que nuestra cultura de protección civil resulte insuficiente dada la alta sismicidad en nuestro país; pero es catastrófico que muchos de nosotros no sepamos cómo acompañar a personas mayores y con discapacidad durante estos eventos. Es trágico que personas pierdan la vida o su patrimonio por habitar construcciones que, a simple vista, no parecían peligrosas; pero es catastrófico que exista un marco normativo que permita la sobrepoblación de ciertas colonias y que hayan autoridades corruptas que dispensen a las inmobiliarias de los requerimientos de construcción para zonas sísmicas. Es trágico que los servicios de protección civil y seguridad en CDMX no se den abasto para atender todas las emergencias; y es catastrófico que la ciudadanía sienta una desconfianza inercial frente a la autoridad que -parece- siempre calcula el rendimiento electoral de sus acciones, incluso en tiempos de crisis.

Ahora bien, ¿qué aprendizaje podemos tener de las catástrofes? El filósofo alemán Jürgen Habermas afirmó, en la década del 2000, que si es posible un aprendizaje colectivo que tenga consecuencias de largo plazo para la erradicación de la desigualdad y la protección de los derechos humanos, éste generalmente se produce a partir de las catástrofes. De hecho, él afirma que el siglo XX fue muy largo si revisamos la sucesión aparentemente infinita de catástrofes -causadas o no por el ser humano- que se acumularon, pero también muy breve puesto que parece que los años pasaron muy rápido y no aprendimos a evitar la destrucción. Por supuesto, no es lo mismo un terremoto que el desplazamiento forzado, pero también es verdad que ambos hechos tienen en común la posibilidad de constituirse como el origen de una discusión colectiva sobre la responsabilidad por las catástrofes, el papel de la sociedad civil y acerca de si el Estado actuó de manera adecuada o, más bien, contribuyó a multiplicar las víctimas con sus acciones u omisiones. Un debate así tiene su origen en el sentimiento de agravio, orfandad e impunidad en una sociedad que observa cómo las catástrofes multiplican el número de muertos y personas vulnerables y que, al mismo tiempo, quiere comprender cómo estas consecuencias no son simplemente aleatorias o naturales. Aprender de las catástrofes, entonces, se convierte en un ejercicio de reflexión que confronta a una sociedad con lo mejor de sí misma -la solidaridad, la organización espontánea, la superación de las ideologías que la dividen-, pero también con sus aspectos mas oscuros -la indolencia, la impunidad, la corrupción, la discriminación- que derivaron en la destrucción de quienes ya eran los mas vulnerables.

    Así, el aprendizaje que podemos obtener del terremoto del pasado 19 de septiembre tiene que ser político. Tenemos que aprender a distinguir las tragedias que nos golpean naturalmente y las catástrofes que son producto de una falta de decencia en el ejercicio del servicio público. Tenemos que aprender a involucrarnos de nuevo en la política de manera cotidiana -la que decide las normas de los edificios que habitamos y la que crea los planes de protección civil- y no simplemente a declarar nuestro voluntario y orgulloso alejamiento de ese ámbito que consideramos es esencialmente corrupto. Tenemos que aprender a leer las discriminaciones cotidianas como producto de la historia y no a aceptar que, por una suerte de mano invisible, siempre los pobres serán las víctimas propiciatorias de los desastres naturales. Tenemos que aprender a organizarnos para atender la coyuntura y a construir la memoria que nos convierta en agentes permanentemente fiscalizadores de ese ogro filantrópico con pies de barro que es el Estado. Tenemos que aprender a mirar nuestra frágil democracia sin ira ni complacencia, para rechazar soluciones populistas o tecnócratas frente a la emergencia, que busquen consensos a partir de anular la pluralidad discursiva y social. En suma, tenemos que aprender de las catástrofes que no nos las merecemos -ni como personas ni como sociedades- pero que si no hacemos nada para evitar su recurrencia en el futuro, son entonces también nuestra responsabilidad. 


Pluma invitada

El Andén

Etiquetas: Terremoto Sismos CDMX Políticos Protección civil Solidaridad 19 de septiembre Derechos humanos