Ciudad de México 19-11-2017
Reconstruir la CDMX sin discriminación
Ideas

Reconstruir la CDMX sin discriminación

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Caminar la CDMX en estos días puede ser una prueba de fuego para el optimismo. Edificios dañados; muros ausentes a través de los cuales se observan las posesiones de familias que ya no están allí; campamentos en los camellones de personas desplazadas de sus casas. Y, de fondo, el rumor confuso de construcciones que gradualmente se derrumban y de una reconstrucción que no acaba de empezar. A pesar de que ya se han etiquetado recursos públicos y privados para este propósito, la tarea de pensar la ciudad que queremos apenas inicia. Sobre todo, porque se trata de un debate en muchos aspectos pospuesto 32 años, precisamente desde aquél 19 de septiembre de 1985, en la medida que los recientes sismos, en muchos casos, acabaron afectando estructuras y poblaciones previamente vulneradas. Es cierto que la ciudad que reconstruimos a partir de aquel terremoto se hizo sobre mejores marcos normativos y a partir de una identificación de zonas de riesgo y prácticas corruptas que derivaron en la afectación de -sobre todo- edificios públicos; pero también es verdad que aquella voluntad de reconstrucción se encontró en el camino con el boom inmobiliario y la gentrificación, que elevó la densidad poblacional de zonas geológicamente frágiles, que desplazó a poblaciones originarias de sus barrios ahora convertidos en enclaves comerciales y que forzó a extraer agua de zonas cada vez mas profundas del subsuelo. La CDMX, así, se convirtió en la materialización de jerarquías, desigualdades y, en suma, de una dinámica que trágicamente ha convertido a la discriminación en su elemento de cohesión social.



Nuestra ciudad, en realidad, es una multitud  de ciudades: el cuadrante cosmopolita que definen la Roma, la Condesa y la Juárez, pero también las zonas de las delegaciones Iztapalapa e Iztacalco donde el agua potable es solo una promesa para tiempos electorales; las horas de tráfico imposible mientras los conductores observan a la distancia cómo, pagando peaje, uno puede trasladarse velozmente por la Supervía Poniente y el segundo piso del Periférico; los espacios colindantes con el Estado de México, Puebla y Morelos donde cada vez es mas frecuente hallar cuerpos sin vida de personas asesinadas con saña, junto a los hábitats universitarios de la UNAM, la UAM y el IPN, donde la diversidad puede expresarse libremente entre las personas más jóvenes.


La reconstrucción de las zonas afectadas por los recientes sismos, en principio, es un asunto de técnica y de gestión de recursos; pero también un tema de derechos y justicia social. La diversidad de personas y poblaciones que habitamos la Ciudad de México obliga a que los espacios dañados y de vulneración social sean pensados y reconstruidos sin discriminación, como zonas que se pueden habitar independientemente de las identidades y filiaciones grupales que el día de hoy distribuyen de manera desigual e irracional los privilegios y las desventajas. Tenemos que pensar a las ciudades por reconstruir como ámbitos donde las mujeres puedan transitar libremente, sin miedo a ser objeto de violencia y menosprecio; y donde los varones seamos conscientes de que nuestros inmerecidos privilegios han sido logrados a costa de conceptualizar a las mujeres como fundamentalmente orientadas a la maternidad y el cuidado de los otros. Necesitamos retirar los obstáculos materiales y simbólicos que han evidenciado los edificios rotos, que hacen imposible el libre tránsito de las personas con discapacidad y que muchas veces las confinan a sus habitaciones, aisladas e imposibilitadas de expresar sus puntos de vista en público. Requerimos que la reconstrucción no se haga solo desde una visión de lo que debe ser la vida, la cultura o la productividad deseables para el país, sino que los espacios y edificios reflejen la riqueza y cosmovisiones de los pueblos y comunidades indígenas. Tenemos que pensar a la ciudad desde una visión distinta a la del adultocentrismo, para que los espacios públicos y las oportunidades que se derivan de vivir en una urbe cosmopolita también beneficien a niños, niñas, jóvenes y personas mayores. Por último, pero no menos importante, necesitamos reivindicar a la CDMX como origen y destino de migraciones, y no convertir a la nacionalidad o el origen étnico como motivos pretendidamente justificados para negar derechos y oportunidades


El filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein empleó la metáfora del lenguaje como una ciudad que ha crecido de manera desordenada y caótica, para referir la manera en que las palabras y las oraciones -como las calles de una ciudad- escapan al control y la planeación para tomar la forma de las expectativas y las necesidades de las personas. En las Investigaciones filosóficas, él escribió: "Nuestro lenguaje puede ser visto como una ciudad antigua: un laberinto de pequeñas calles y plazas, de casas antiguas y nuevas, de casas con añadidos que datan de varios periodos; y toda ella rodeada de una multitud de nuevos barrios con calles rectas regulares y casas uniformes". Esta metáfora ilumina la maleabilidad de los espacios urbanos que creamos y muestra que, en el desorden y el caos, puede descubrirse la forma orgánica en que nuestra cultura ha crecido y se ha desbordado, haciendo coincidir sus límites con los contornos de nuestros prejuicios y estigmas discriminatorios. No obstante, el perímetro de injusticia y desigualdad que ha cercado a la CDMX no tiene que ser definitivo y, al contrario, sí podría modificarse hasta volverse plenamente inclusivo de la diversidad.


El problema con la Ciudad de México no es su carácter monstruoso y desbordado, sino que su crecimiento ha creado zonas de privilegio que no son accesibles para todos, así como espacios de desigualdad en donde las personas ven sistemáticamente violados sus derechos como si se tratara de un asunto de destino. No sería deseable que el paisaje de discriminación y desigualdades que se puso de manifiesto por la destrucción ocasionada por los sismos del pasado septiembre -no es casual que casi el 65% de las personas muertas hayan sido mujeres- fuera el mismo sobre el que se reconstruyera la ciudad, haciendo que las víctimas de los desastres naturales siguieran siendo las de siempre.



Mario A. Hernández

Doctor en Humanidades por la UAM-Iztapalapa, profesor de filosofía en la Universidad Autónoma de Tlaxcala y cinéfilo cuya idea de felicidad es la vida -y las discusiones sobre ésta- a 24 cuadros por segundo. Twitter: @fumador1717

El Andén

Etiquetas: Sismo CDMX 19S Reconstrucción Derechos Humanos Discriminación