Ciudad de México 30-05-2017
Valdez, el periodista asesinado
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Valdez, el periodista asesinado

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Es pertinente una aclaración (si no la hago, me atraganto): no todos los periodistas corren el mismo riesgo en este país. Es ofensivo meter a los colegas de la nota diaria en Reynosa en el mismo saco que a los arreglados colegas que van detrás de la entrevista a Angelina Jolie o a los que esperan la rueda de prensa en Los Pinos o a los que analizan la vida pública en corto en un café con el gobernador.
Todo tiene su mérito y ya los quiero ver correteando a La Volpe o aguantando vara con López Obrador, pero no en todos los espacios se juega la vida y hay que empezar por ahí. Hay que empezar por respetar y proteger y leer a los que de verdad tienen frente a sí al monstruo. Francamente, yo haría el ridículo y me avergonzaría de mí misma si pidiera protección argumentando que este es uno de los países en donde es más riesgoso ejercer mi profesión.
No. Pongamos las cosas claras y respetemos a los que trabajan en contextos de guerra.
Esta semana asesinaron a uno de ellos: el periodista Javier Valdez. No lo conocí, no sé de su vida personal y no soy ministerio público, así que no hablaré del móvil. Pero una cosa sí me queda clara: él sí era de los que tenían frente a sí al monstruo y queda constancia de que hizo su trabajo para describirlo.
Su libro más reciente, Narcoperiodismo, es un notable esfuerzo por describir las condiciones de trabajo de los reporteros y de las redacciones en zonas donde el crimen manda.
Valdez hace un recorrido por el país a través de entrevistas a colegas de lugares como Reynosa, Guerrero, Sinaloa, Jalisco. Lo que cuenta de Tamaulipas, en uno de los primeros capítulos, es espeluznante: a través del testimonio de un reportero, Valdez desnuda la realidad de una redacción que está a merced del crimen organizado en la vertiente más complicada, que es la de la competencia por la plaza. El vocero (sí, tienen a sus jefes de prensa) amenaza para que no se publique algo que parece tan inocuo como un accidente vehicular, pero apenas lo hace entra otra llamada del vocero del grupo rival para exigir que se publique en portada el choque con fotos de la camioneta, y al día siguiente las autoridades (ya no sé si llamarlas así) se presentan para exigir a gritos una explicación al editor.

Y esa es la parte rosa, la de los periodistas lidiando -mejor dicho, toreando- a las fuerzas fácticas. La otra es la de las muertes, la desaparición, el miedo, los secuestros.
Sin embargo, Valdez no se contentó con registrar el mundo de las amenazas de muerte. Registra también la censura producida por el trabajo extenuante y el salario miserable, la presión que ejercen los políticos en las zonas urbanas donde no corre la sangre pero se pierden trabajos a la menor insinuación (ahí pasa por Jalisco), y el empobrecimiento de las opciones para que en este país la información valga la pena.
Ese es el periodista al que asesinaron esta semana, el que se sumó a la lista de muertes violentas y sin castigo en este país. Valdez fue un periodista que sí nos contaba sobre el monstruo.


Ivabelle Arroyo

Directora de El Andén. Lee en bicicleta, escribe con un cucharón de cocina y le intrigan los rufianes.

El Andén

Etiquetas: Javier Valdez Periodismo Libertad de expresión Narcotráfico