Ciudad de México 18-02-2018
Vivir a señas en la ciudad
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Vivir a señas en la ciudad

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La mañana del lunes pasado, como hago casi todos los días en la hora de mayor tráfico, solicité un automóvil a través de la plataforma Uber. Cuando subí al vehículo, el conductor me indicó con el movimiento de sus labios y manos que no podía escuchar y que, entonces, podríamos comunicarnos a través de los mensajes de texto de la aplicación o de la lectura que él haría de mis labios a través del espejo retrovisor, alertándole antes con una ligera presión de mi mano sobre su hombro. La complejidad de este mensaje me lo transmitió el conductor con un par de gestos y ademanes en no más de cinco segundos. Y es que las personas sordas o con algún tipo de discapacidad auditiva están acostumbradas a lidiar todos los días con la ignorancia de la mayoría de la población respecto de la Lengua de Señas Mexicana. Aún más, ellas han desarrollado habilidades de comunicación que nosotros -quienes sí escuchamos- consideramos innecesarias desde nuestros prejuicios y estigmas discriminatorios.

De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en la Ciudad de México, para el año 2010, vivían 71 personas sordas o con dificultades para escuchar por cada 10 mil habitantes, lo que el día de hoy significaría, en una población que se acerca a los 10 millones, cerca de 71 mil habitantes con esta condición. La mayor parte de estas personas (44.5%) habría adquirido la discapacidad como consecuencia del envejecimiento o por enfermedad (25%).[1] Estas proporciones tendrían que alertarnos acerca de que la discapacidad no es una condición ajena sino, más bien, una característica de la diversidad humana que permanentemente pende sobre nuestra vida. Entonces, la discapacidad sería como una lente de aumento que el azar coloca sobre la fragilidad humana para hacer evidente nuestra necesidad de ser cuidados, de ser considerados como iguales ante los ojos de los demás y de no ser excluidos de un mundo que, de manera inconsciente, ha sido construido sólo para las personas sin discapacidad.

Quienes habitan un mundo de silencio total o parcial han creado un medio de comunicación tan eficiente como la Lengua de Señas Mexicana (LSM), diverso, pleno de metáforas, formas idiomáticas y expresiones humorísticas que resultan intraducibles al español hablado o escrito por su riqueza. En algún momento yo empecé a estudiar este lenguaje, que es particular de la comunidad sorda en México y distinto completamente al que se utiliza en otros países,pero su nivel de dificultad -debo confesarlo- me hizo abandonar el intento. Cuando vi la película La llegada -que relata los intentos de una lingüista por descifrar el lenguaje de los alienígenas cuyas naves se han instalado en las principales capitales del mundo- de alguna manera evoqué la complejidad de la LSM: como los pictogramas extraterrestres de la ficción, los signos que las personas hablantes de esta lengua componen con sus manos, rostro y expresión corporal completa tienen una dimensión que es, a la vez, gráfica, temporal y espacial. Una ligera variación en cualquier de éstas -como el cambio del sentido de los trazos en los signos de la referida película- puede hacer que cambie completamente el significado de lo que se quiere expresar. No obstante la complejidad este idioma, el haber sido declarada como lengua nacional junto al español y las indígenas en 2003 y, además, que alrededor de 90 mil personas la utilicen en nuestro país, sólo alrededor de 40 personas han sido certificadas como intérpretes por organizaciones sociales especializadas. Para dar una muestra de esta desproporción tendríamos que preguntarnos lo siguiente: ¿cuántos de los mensajes transmitidos por televisión en materia de protección civil, rescate de víctimas y reconstrucción relacionados con el sismo del 19 de septiembre del año pasado tuvieron intérprete de LSM? ¿Cómo podrían, entonces, enterarse las personas sordas afectadas de las instancias públicas y sociales que les podrían ofrecer algún tipo de apoyo? ¿No son ellas merecedoras del mismo tratamiento y protección que el resto de las víctimas de los desastres naturales?

Como ocurre con otros grupos discriminados, alrededor de las personas sordas se han construido muchos prejuicios y estigmas. Para empezar, habría que decir que no todas las personas sordas son mudas, y que muchas de ellas poseen la capacidad de articular sonidos, aunque no hayan desarrollado por comparación con otras personas la habilidad de modularlos. En segundo lugar, habría que señalar que esta condición no está asociada de manera necesaria con discapacidades intelectuales, y que las personas sordas poseen una mirada sobre la realidad y una manera de relacionarse con la cultura y el pensamiento tan compleja como la de cualquier ser humano. Adicionalmente, se tendría que apuntar que ellas no sólo requieren de ver garantizados sus derechos a la atención médica y la rehabilitación de calidad, puesto que la falta de audición no es una enfermedad y, más bien, las personas sordas necesitan del conjunto de derechos que contempla la normatividad nacional e internacional. En este sentido, por ejemplo, cuando trabajé en la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal hace unos años conocí a un grupo de personas jóvenes universitarias gays y lesbianas que luchaban para que la información sobre derechos sexuales y reproductivos, así como acerca de los recursos legales para denunciar y exigir reparaciones por las agresiones y discriminaciones por homofobia y lesbofobia, fueran accesibles en LSM y otros recursos adecuados. En contraste, generalmente no pensamos en las personas con discapacidad como seres sexuados o capaces de una vida familiar y afectiva plena, y por eso nuestra manera de nombrarlas está dominada por adjetivos infantilizantes y en diminutivo. Finalmente, habría que señalar que las personas sordas tienen las mismas preocupaciones que el resto de los habitantes de la CDMX -educación de calidad, trabajo decente y adecuadamente remunerado, protección frente a los delitos-, sólo que ellas tienen que lidiar además con un entorno articulado por sonidos, palabras y voces que pueden llegar a constituir violencia y discriminación cuando sirven para excluir y rechazar.

Mientras transcurría mi viaje en Uber con el conductor sordo, por curiosidad revisé los comentarios dejados por los usuarios anteriores en la plaraforma. De manera vergonzante, casi todos reconocían desde la superioridad moral y la condescendencia las habilidades y talentos de la persona, "a pesar" de su "enfermedad"; otro lugar común era admirar su esfuerzo "extraordinario" para vencer la adversidad y cómo esto debería ser un ejemplo para los demás. Y así se ilustra nuestra comprensión discriminatoria de la discapacidad: les pedimos a las personas que viven con esta condición que realicen esfuerzos sobrehumanos porque sabemos que la sociedad no hará nada para renunciar a sus privilegios inmerecidos; les admiramos por su capacidad de lucha y resiliencia y, de paso, responsabilizamos a los otros -nunca a uno mismo o a cualquiera de los usuarios que cancela el viaje cuando la aplicación le avisa que el conductor es una persona con discapacidad- por las desigualdades que hemos colocado en su camino; pensamos que son ellas quienes nos tienen que demostrar su valor extraordinario para que les hagamos un espacio minúsculo en un mundo que no vamos a modificar. Hay que recordar que el modelo social de la discapacidad que sustenta un instrumento como la Convención de Naciones Unidas en la materia señala que la discriminación se origina no en la propia condición sino, más bien, en el entorno que dificulta y a veces cancela de manera definitiva el acceso sencillo a derechos y oportunidades.[2]

Ya para finalizar mi viaje de aquel lunes por la mañana me vino a la memoria la única seña que no olvidé en mi fallido intento por aprender LSM: la que coloca el dorso de una mano con los dedos extendidos y el dedo medio doblado hacia abajo sobre la palma de la otra mano, y que sirve para decir "gracias" mientras se separan. ¿Qué otra cosa podría haber hecho, además de mostrar gratitud al conductor en su propia lengua, dado que él, durante todo el viaje, había intentado de diversas maneras comunicarse conmigo en la mía? ¿Qué otra cosa cabría aplicar, sino reconocer con humildad que ese signo probablemente articulado de manera torpe era una muestra de las deudas de justicia que la población oyente tenemos desde hace siglos hacia las personas sordas? ¿Qué más se puede hacer, sino reconocer la que discriminación hacia las personas con discapacidad no solo requiere una condena moral sino, sobre todo, que el Estado y la sociedad asumamos la corresponsabilidad por su combate y prevención? Todas estas son preguntas que nos hemos demorado mucho tiempo para responder como sociedad, cuya falta de visibilidad ha generado víctimas en el camino y que, por tanto, no podemos seguir postergando.

 



[1] INEGI, Las personas con discapacidad en México, una visión al 2010, pp. 147-165. Disponible en: http://internet.contenidos.inegi.org.mx/contenidos/Productos/prod_serv/contenidos/espanol/bvinegi/productos/censos/poblacion/2010/discapacidad/702825051785.pdf Fecha de consulta: 24 de enero de 2018.

[2] Sobre este tema, véase el video "Un modelo social para la discapacidad", de la organización social Educación en Movimiento: https://www.youtube.com/watch?v=zfc0Wfm1btE


Mario Alfredo Hernández

Doctor en Humanidades por la UAM-Iztapalapa, profesor de filosofía en la Universidad Autónoma de Tlaxcala y cinéfilo cuya idea de felicidad es la vida -y las discusiones sobre ésta- a 24 cuadros por segundo. Twitter: @fumador1717

El Andén

Etiquetas: Personas sordas Discriminación Derechos Lenguaje de señas