Ciudad de México 23-01-2018
El 85, el 17 y algunas mentadas de madre
Ideas

El 85, el 17 y algunas mentadas de madre

Por

Me acuerdo de los sismos del 85: yo tenía 15 años, estaba por entrar a la prepa pero por alguna razón que ahora no recuerdo, aún no comenzaban las clases. Eran las 7:19 am y no tenía ninguna razón para estar despierto a esa hora pero la sacudida me sacó de la cama en el departamento que hasta la fecha habita mi mamá en Villa Coapa, una unidad habitacional que construyó Banobras a mediados de los 60 para albergar a los atletas en las olimpiadas de 1968 a la par con Villa Olímpica.

El movimiento del temblor me azotaba de un lado al otro por el pasillo sin permitirme avanzar. El sur de la ciudad tenía la reputación de resistir los temblores, le atribuían su inmunidad sísmica al suelo volcánico del Ajusco, bueno, hasta ahora, que resultó como el perro que no mordía...
Nos quedamos sin luz y sin teléfono y el único canal de comunicación con el mundo fue una pequeña radio de baterías donde escuchamos a Jacobo Zabludowsky, que transmitía su recorrido por el centro histórico a través de uno de los primeros teléfonos celulares que hubo en el país. ¡Creo que era del tamaño de una maleta llena de bulbos con una antena de 2 mts en el carro!

Les describo el celular para que los chavos de hoy se imaginen lo primitivo y las limitaciones de las comunicaciones de aquel entonces. Jacobo con su peculiar sonsonete describía el desastre de avenida Chapultepec, la antena de Televisa derrumbada sobre Dr. Rio de la Loza y sus instalaciones colapsadas, la colonia Doctores, la Roma, La Merced (barrio natal de Jacobo), la Guerrero, el barrio bravo de Tepito, Tlatelolco. A falta de Facebook y Twitter, todo en la imaginación de la narrativa sin imágenes, ¡fue un horror!  

Al día siguiente, el 20, como a las 8 de la noche ¡una réplica! Se terminaron de caer los que estaban a medias y los colapsados sobre rescatistas que intentaban sacar sobrevivientes y que tristemente se sumaron a las víctimas.  Una tragedia. No existía la alerta sísmica que avisara segundos antes para evacuar.
A los pocos días fui con algunos amigos de voluntario a Tlatelolco a ayudar: faltaban manos, no sobraban, no había requisitos de casco, ni chaleco, ni botas, nadie te preguntaba ni tu nombre, menos tu tipo de sangre. Ahí vi por primera vez en mi vida gente muerta. Una semana después la ciudad entera era nauseabunda, apestaba a muerte.
Pasaron 32 años y no tuvimos ningún embate de consideración en todos esos años. Se hicieron ley los protocolos de construcción de nuevas construcciones pues en muchas columnas de los derrumbados se encontraron hasta sacos de cemento hechos bola para ahorrar material... Eso ayudó a mitigar los daños en 2017 pero aún así ahora nos damos cuenta que volvieron a corromper a algunos inspectores.
Los menores de 40 años no recuerdan o no vivieron ese fatídico día y sus devastadoras consecuencias, pero es naturaleza humana la memoria de corto plazo: hicimos concha, se nos olvidó (o quisimos olvidar), nos automatizamos. Cada aniversario del 19 de septiembre, llevábamos a cabo el tradicional simulacro como un mero formalismo frunciendo el ceño y de mala gana, ¡qué hueva y qué perdedera de tiempo!, pensábamos muchos. El simulacro de este año no fue la excepción, bajamos arrastrando los pies con muecas a darle trámite, sin imaginar que sólo dos horas después nos tocaría vivir una de las peores tragedias de la ciudad.


1:14pm del mismísimo 19/9

Para muchos, la peor pesadilla de nuestras vidas. Muchos no habíamos visto fuera de las películas escenas tan trágicas e impresionante como ver derrumbarse un edificio lleno de gente frente a tus ojos en la vida real. ¡Inconcebible! En el 85 yo no pude salir del pasillo así que no había visto lo que este año sí me tocó ver en la calle. Venía circulando en moto por la Del Valle, los edificios tronaban y caían trozos de cornisas y vidrios rotos, la gente despavorida y los cables de alta tensión zumbaban y explotaban
Las noticias, a diferencia de 1985, corrieron de inmediato: se habían derrumbado edificios, había muertos y heridos, los protocolos de la ciudad más grande del mundo se dispararon.
Al poco tiempo en redes sociales veíamos vídeos aterradores y nos enterábamos de las urgencias de los paramédicos y rescatistas en las zonas cero de los edificios colapsados: moto sierras, cortadoras de acero, agua oxigenada , alcohol, material quirúrgico, plantas de luz, guantes, botas, cascos, palas picos, cuerdas.

Fue increíble la solidaridad de la gente, todos se desvivieron por llevar de todo hasta saciar las demandas. Había dos opciones para colaborar: llevar productos a los centros de acopio que ya pedían leche, agua, pañales, papel sanitario, comida enlatada, aceite, azúcar etcétera o, como algunas personas y familias completas, que montaron su changarro con ollas de comida y bebidas que ofrecían a todos los que llegábamos a ayudar: a paramédicos, a los soldados y los voluntarios. Cada quien ofreció lo que pudo, y muchos, para variar, eran de las clases más humildes; los que menos tienen sacaron la casta y fueron de los que más dieron para ayudar al prójimo desinteresadamente.

Esas son imágenes que me conmovieron mucho y me marcaron para siempre. También vi grupitos de 2 o 3 adolescentes con canastas y charolas llenas de sandwiches y tortas que habían preparado en casa; ollas y termos con café, agua y jugos, ofreciendo su agradecimiento a los voluntarios, a los rescatistas y al ejército. Algunos sandwiches tenían una carita feliz y un "Gracias" escrito en la servilleta.

-Un sanwichito?

-No gracias, ya me comí tres

-No le hace, andele, cómase otro

-Bueno, muchas gracias

-No, gracias a usted por ayudar. pero llegó el momento que por redes sociales se pidió que no llevaran más comida preparada, se estaba echando a perder.
Las filas de voluntarios esperaban un turno casi burocrático para poder pasar a acarrear una cubeta de escombro. Las redes sociales son una maravilla, el mismo día se activó de inmediato la app que confirma que estás sano y salvo o dónde se reportan desaparecidos. Se pudo canalizar y dosificar la ayuda relativamente en orden, con sus bemoles, ¡claro! Por ejemplo, brigadas universitarias o no sé de dónde, se apoderaron de las inmediaciones y los filtros para pasar a llevar materiales u ofrecer ayuda los administraban milenials que eran peores que cadeneros de antro: les tenías que alimentar el ego y caerles bien para pasar a acarrear una cubeta de escombro. Siempre hay negritos en el arroz: hubo saqueos y rapiña, pero aunque suene trillado es cierto: somos más (muchos más) los buenos, los que que dejamos todo (unos más, otros menos) pero cada quien en la medida de sus posibilidades vació las despensas o fue al súper a surtir los artículos de primera necesidad que se requerían. Se hicieron cientos de centros de acopio, se crearon diferentes modalidades para hacer donativos de dinero, pequeños comercios donaron lo que tenían, ferreterías pequeñas dieron muchas herramientas, restaurantes comidas, médicos, arquitectos, ingenieros, psicólogos, masajistas, veterinarios, taxistas, bomberos, soldados, topos, rescatistas internacionales, motociclistas, traductores, carpinteros, todos dieron su tiempo y conocimientos, sus servicios, sus productos y su dinero de día, de noche, bajo lluvia, bajo el sol, bajo los escombros, todos entraron al quite para ayudar a los profesionales a salvar sobrevivientes o recuperar cuerpos de víctimas. Todos haciendo fila para entrar al relevo, que en muchos casos frustrantes nunca llegó pues el exceso de ayuda podría convertirse en estorbo. Sé que no fue el caso de algunos municipios afectados en Morelos y Puebla donde la ayuda fue insuficiente y sigue haciendo falta.
Las brigadas internacionales hicieron una excelente labor, la de Israel además de deleitarle la pupila a ambos bandos trajo una tecnología impresionante: vía satélite entre los escombros detectaba los microchips de los celulares (aunque estuvieran apagados) y arrojaban las coordenadas casi milimétricas de su ubicación, radares que detectan calor humano a  través de varios metros de concreto y sondas robóticas con cámaras,  entre otras monerías que ayudaron a rescatar sobrevivientes y recuperar cuerpos de víctimas.
Con este evento me queda claro una cosa, en mi opinión, las sociedades, como los individuos tienen que tener alguna vez en la vida una catarsis que los sacuda para madurar, para crecer. Esta generación de milenials aun no la tenía y le hacía falta, nos escuchaban hablar de los sismos del 85 quizás como nosotros escuchábamos a los viejos hablar de la guerra, hasta nos la imaginábamos en blanco y negro. Sin duda los resultados derivados de esta coyuntura van a ser extraordinarios, la creatividad y el ingenio que tienen los jóvenes de hoy para crear aplicaciones, softwares, y diseñar van a derivar en nuevos inventos relacionados con la cultura sísmica; más prevención, más conciencia y honestidad en las futuras construcciones. Van a desarrollar y evolucionar la ingeniería, la arquitectura y el diseño de gadgets que salven vidas, y hasta harán carreras profesionales enfocadas a prevención y soluciones de catástrofes naturales.

Las mentadas
No nos cansamos de sorprendernos y congratularnos de haber sacado la casta como mexicanos, unidos como sociedad pero, sí, hay un pero, hubo grandes ausentes. A la clase política ya la conocemos y no nos extrañó su ausencia (con excepciones de los que fueron por su selfie), pero sorprende la actitud de algunas grandes empresas.  Cómo es posible que los días de la mayor emergencia después de la tragedia se veían las filas en tiendas de autoservicio con carritos llenos de botellas de agua, pañales, papel higiénico jabones, latas de atún, todo lo que se requería para los centros de acopio y las cajeras pase y pase los productos por el lector de código de barras, sonaban miles de pip, pip, pip, pip simultáneamente y ¡¡nada!! no hubo ni un comunicado, ni un gesto solidario de las tiendas. Nada de "Señores, toda la canasta básica para damnificados tiene un 20% de descuento"... ¡nada! Sólo se dejaron querer e hicieron su agosto. Ya después de unos días les cayó el veinte y ofrecieron algo, Slim y Telmex, muy bien, 5 pesos de él por cada peso nuestro.   Pero ahí no para la cosa, no entiendo por qué los rescatistas o paramédicos en emergencias como éstas tienen que sufrir haciendo una lista de productos que les urgen y que la sociedad civil tiene que arreglárselas para conseguir. Cómo es posible que pidan jeringas, analgésicos, gasas, vendas, alcohol. ¡Carajo! debería haber una ley impositiva que se active en estos casos: -A ver señor fabricante de jeringas, o laboratorio farmacéutico, o PEMEX, la sociedad requiere 1000 jeringas o 1000 medicamentos de este 1000 de aquel, tantos litros de diesel o gasolina para plantas de luz. etc etc. a tu costo de producción se te otorga un bono deducible de impuestos y ya. La sociedad no tiene por qué pagar el precio de mercado con ganancias para laboratorio y farmacia. Lo mismo con todos los demás productos: Trupper fábrica de herramientas, por ejemplo, lo mismo, presta pa'acá tantas palas,  picos, cascos, guantes, tanto de esto y de aquello, igual a costo contra sus impuestos, en su defecto obtenerlos vía Home Depot. Por eso la sociedad civil tiene doble mérito, pagó de sus bolsillos productos con las utilidades incluidas de las grandes empresas que debieron haber aparecido gratis donde se necesitaban. Es una emergencia caray, ¡todos tenemos que apoquinar! Pero eso sí, los partidos políticos y las instituciones gubernamentales como perros disputándose la  patria potestad de las donaciones de la sociedad civil, interceptando camiones y a particulares que transportaban ayuda para hacer caravana con sombrero ajeno y ahora sacando raja política de la desgracia parándose el cuello de que van a ser muy generosos, donar sus partidas presupuestales, van a darle al pueblo jodido limosna con su propio dinero, ¡no tienen madre! No cabe duda que en un país donde la Cruz Roja tiene que hacer colectas nacionales boteando para comprar gasas y mertiolate, y ahora el pueblo damnificado va tener que hacer lo mismo, botear para la reconstrucción mientras los partidos políticos no tienen vergüenza para gastar en matracas y banderines con la foto de su candidato de sonrisa falsa, es que algo anda muy mal en nuestra sociedad y se tiene que cambiar. A los que deberíamos ver boteando para colectar fondos para sus campañas es a los políticos.


Adrián González de Alba

Aficionado a la guitarra flamenca, la política, la cocina y los idiomas. @AdrianGdeA

El Andén

Etiquetas: Terremoto Sismos CDMX Políticos Protección civil Solidaridad 19 de septiembre